La belleza de este barrio está en el color envejecido de las tejas, en la madera antigua, en el murmullo del agua y en el silencio sereno de un rincón que aún conserva intacta el alma patrimonial. La historia y la vida cotidiana todavía conviven con naturalidad.
En la cima de la calle Sucre, entre piedras, silencios y memorias, se abre paso el barrio San Francisco, uno de los rincones patrimoniales más representativos de San Felipe de Oña. Aquí el tiempo no corre: descansa. Caminar por sus calles empinadas es entrar en un lugar donde la historia permanece viva entre casas antiguas.
San Francisco fue durante décadas uno de los sectores más dinámicos de Oña. Por sus calles transitaban comerciantes, arrieros y viajeros que se dirigían hacia Azuay, Loja, Zamora Chinchipe y otros destinos del sur del país. Era un paso obligado entre Cuenca y Loja, punto de descanso para los caballos y de intenso movimiento comercial.
En las actuales casas patrimoniales funcionaron antiguamente panaderías de horno de leña, así como talleres de herrería y molinos donde se procesaban el trigo, la cebada y el maíz, en una época en la que Oña era reconocido por su fuerte producción agrícola. Ángel Pineda y Gloria Carrión recuerdan que los domingos el barrio cobraba vida desde muy temprano, cuando las familias bajaban desde las comunidades para asistir a misa y aprovechar también para realizar sus compras.
Las casas de San Francisco se alinean sobre la pendiente como si se protegieran unas a otras. Sus gruesas paredes de adobe descansan sobre sólidas bases de piedra que han resistido generaciones enteras, mientras los techos de teja y los corredores conservan la esencia de un pueblo que ha sabido crecer sin desprenderse de su memoria.
Esa riqueza arquitectónica y cultural convirtió a Oña en Patrimonio Cultural del Ecuador, reconocimiento que sus habitantes conservan con orgullo. Los balcones sencillos se asoman discretamente hacia la calle, y las puertas de madera aún conservan antiguas cerraduras y pesadas llaves de hierro.
Algunas fachadas lucen desgastadas por el tiempo; otras han sido restauradas con sensibilidad y adornadas con flores que contrastan con la sobriedad de la piedra y el adobe. Incluso las casas cerradas, marcadas por la migración o el paso de los años, parecen esperar el regreso de quienes un día las habitaron.
Desde los corredores, la mirada se pierde entre montañas y cielos cambiantes. La luz se cuela entre los tejados y proyecta sombras sobre las paredes de adobe, mientras el murmullo constante de la acequia del canal de riego San Felipe de Oña atraviesa el barrio con aguas claras y frescas. Este canal patrimonial, que ha acompañado el paisaje durante décadas, fue esencial para la vida agrícola y comercial del sector, convirtiéndose en parte inseparable de la identidad de San Francisco.
Entre las construcciones emblemáticas destaca la histórica “Bella París”, una antigua vivienda de adobe que conserva su nombre grabado en la fachada. La casa perteneció a Segundo Merizalde, herrero que adquirió el inmueble en 1920 y lo restauró cuidadosamente. Hoy, convertida en Centro Cultural Municipal, continúa siendo uno de los símbolos más admirados y fotografiados del barrio.
Aunque muchos de sus antiguos habitantes ya no están, su memoria sigue viva en San Francisco. Aquí vivieron personajes recordados como Luis Ayala, Federico Carrión y Carlos Ullauri, quienes forman parte de la historia del sector. Hoy, cuando turistas nacionales y extranjeros recorren estas calles y se detienen a admirar las viviendas patrimoniales, los habitantes sienten orgullo de ver cómo su barrio continúa despertando admiración y asombro.
Caminar por San Francisco no es solo recorrer un barrio antiguo. Es descubrir un lugar donde la historia y la vida cotidiana todavía conviven con naturalidad. Aquí, la belleza no es espectáculo, sino profundidad: está en el color envejecido de las tejas, en la madera antigua, en el murmullo del agua y en el silencio sereno de un rincón que aún conserva intacta el alma patrimonial de Oña.
Quienes visitan este barrio, aunque sea una sola vez, difícilmente se marchan sin sentir que algo de este lugar permanece viviendo dentro de ellos: su silencio, su historia, su identidad y su misterio. La belleza no es pasajera: es persistente.


