TRES LAGUNAS:

el alma del páramo

Grandiosas, entre redondas y ovaladas, como trazadas con un compás sobre el páramo andino. De aguas limpias, claras y sorprendentemente frías. Y aún más extraño: su fondo no es pantanoso como en la mayoría de cuerpos de altura, sino sólido, firme, como si el tiempo se hubiera detenido bajo su superficie.

Así es Tres Lagunas, en San Felipe de Oña, un conjunto natural que desconcierta no solo por su belleza, sino por la sensación de estar frente a un lugar que rompe con lo habitual del paisaje andino. Su forma, sus condiciones y la quietud que las rodea han alimentado durante años la curiosidad de quienes llegan hasta este rincón del páramo.

A más de 3.500 metros de altura y a unos 21 kilómetros del centro cantonal, el viaje hacia este destino ya es parte de la experiencia. El camino en vehículo asciende entre montañas. El bosque se va retirando lentamente y el paisaje se transforma: aparecen pajonales interminables, rocas húmedas y una neblina que desciende sin aviso, envolviendo todo como un velo en movimiento.

Tres Lagunas forman parte del Área Protegida Comunitaria Marcos Pérez de Castilla, un territorio donde la naturaleza aún se mantiene en equilibrio. Allí, la vida silvestre habita en silencio: venados, conejos, pumas y una gran variedad de aves encuentran refugio entre los árboles de polypepis. La chuquiragua, la valeriana, el tipo, la trencilla, la poma negra y la guayusa serrana pintan el paisaje con tonos discretos, pero esenciales, muchas de estas plantas son utilizadas tradicionalmente por las comunidades en infusiones y remedios naturales.

El páramo no solo se observa: se siente. El viento recorre el pajonal y lo hace ondular como si fueran olas sobre la tierra. La brisa sopla con suavidad constante, la humedad se adhiere a la ropa y el silencio no es vacío, sino una presencia que envuelve. Cada paso acerca a un entorno donde la naturaleza impone su propio ritmo y el paisaje parece respirar con vida propia.

Al llegar, las Tres Lagunas aparecen como espejos de agua en medio de la inmensidad. Reflejan el cielo con tal claridad que por momentos cuesta distinguir dónde termina el agua de tonalidad celeste y dónde empieza el horizonte. En su entorno, el tiempo parece ralentizarse. No hay ruido ni prisa: solo montaña, agua y cielo dialogando en calma.

Y cuando llega el momento de partir, el frío del páramo, la imagen de las lagunas y esa quietud profunda no se quedan atrás. Se quedan dentro. Como esos lugares que no solo se visitan, sino que se recuerdan cada vez que se busca silencio.

CÓMO LLEGAR: En las cuatro esquinas toma la segunda salida por la antigua vía a Yacuambi, Zamora Chinchipe.

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