Entre mariposas, aves y viento frío bajando desde las montañas, el camino invita a imaginar los antiguos viajes que alguna vez unieron a Cuenca, Loja y otras ciudades del país. Mucho antes de las carreteras, comerciantes, viajeros y peregrinos cruzaban esta ruta a pie, cargando productos, historias y esperanza por lo que entonces era el gran camino de conexión entre regiones.
Caminarlo hoy es una experiencia distinta: el ritmo lo marca el propio cuerpo y el entorno. No hay prisa ni ruido urbano, solo el sonido del río, el crujir de la tierra bajo los pasos y la sensación de estar recorriendo un espacio donde la historia aún respira. Para el visitante, cada tramo se convierte en una pausa obligada para mirar el paisaje, tomar aire frío de montaña y entender que este no es solo un camino, sino un viaje hacia lo esencial.
Entonces aparece el Puente Viejo de Oña, suspendido sobre el río San Felipe como un sobreviviente del tiempo. De madera y piso entablado que cruje suavemente bajo los pies, este puente unía a las provincias de Azuay y Loja, conectando Oña con la parroquia El Tablón, en Saraguro.
En sus extremos todavía permanecen tablas antiguas donde apenas se distinguen los nombres de ambas provincias: Azuay y Loja. Aunque la llegada de la carretera Panamericana lo dejó en silencio hace décadas, el puente se niega a desaparecer. Comuneros, caminantes y peregrinos aún lo cruzan cada año rumbo a Loja para visitar a la Virgen del Cisne. Mientras el río sigue corriendo bajo sus tablas, el Camino Viejo de Oña recuerda que lugares como estos permanecen en la memoria.
CÓMO LLEGAR: A 600 metros de la vía Oña-Baijón, a mano derecha está la entrada. Avance un kilómetro más en carro, de ahí camine otro en descenso hasta el Puente Viejo.










