Lo que para muchos parece una actividad sencilla, aquí funciona como un emprendimiento rural donde cada detalle cuenta y cada animal representa una oportunidad de progreso. La alimentación es una tarea diaria que no admite retrasos. Dos veces al día, los cuyes reciben alfalfa, yerba cultivada, cema, harina de maíz y balanceados. Además, son desparasitados, reciben vitaminas y controles permanentes para prevenir enfermedades y mantenerlos libres de piojos.
Cada dos meses, las hembras pueden tener entre una y cuatro crías, aumentando una producción constante en la que destacan razas como la peruana, andina, inti y los populares «churonitos». Detrás de cada galpón hay conocimiento, dedicación y largas jornadas de trabajo comunitario. Cada socia maneja cantidades diferentes de animales, pero juntas comercializan unos 300 cuyes cada quince días.
Los venden en pie a USD 10 cuando alcanzan las tres libras con una onza de peso, y abastecen principalmente a restaurantes de Cuenca mediante una intermediaria de Ñamarín, Nabón. Además, aprovechan los desechos para elaborar abonos orgánicos. Su meta es vender de forma directa y conquistar nuevos mercados. Detrás de este emprendimiento ellas están demostrando que el desarrollo rural también se construye desde la organización, la tradición campesina, la perseverancia y el trabajo compartido.
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