Aída Vázquez y Florencia Loja recuerdan que comenzaron a tejer a los ocho años —hoy tienen más de 65— sentadas sobre el cerro, rodeadas de lana y naturaleza, mientras cuidaban sus borregos. Con el tiempo, aquellas pequeñas prendas hechas a mano se transformaron en una habilidad que hoy da vida a chompas, chalinas, tapices, carteras y delicados bordados llenos de color, paciencia y memoria.
En el Centro de Bordados y Tejidos Hatun Cóndor, las 12 artesanas trabajan reunidas entre conversaciones, risas y saberes compartidos, mientras sus manos se mueven casi de memoria entre crochets, palillos y telares. El ambiente transmite calma: madejas colgadas, agujas en movimiento y tejidos que, poco a poco, van tomando forma. Es un espacio donde el tiempo parece suavizarse y donde cada puntada tiene voz propia.
La habilidad y creatividad de estas mujeres alcanza niveles sorprendentes. Aida Vázquez tejió el Escudo del Ecuador en un tapiz de gran tamaño, cuidando cada detalle con precisión y dedicación. La obra le tomó más de dos meses de trabajo, una experiencia que ella recuerda con orgullo. Esta pieza, además, se encuentra actualmente disponible para la venta en el propio almacén del centro, como muestra del talento y la identidad que se preserva en Susudel.
Y es precisamente ahí donde la experiencia cobra vida. Verlas trabajar es fascinante: entre risas espontáneas y diálogos que saltan de una anécdota a otra, las mujeres tejen mucho más que prendas. Recuerdan historias del campo, travesuras de la infancia, jornadas largas en el páramo y enseñanzas heredadas de sus mayores. Cada tejido parece venir acompañado de una historia, como si el hilo también guardara memoria.
Quienes visiten el Centro de Bordados y Tejidos Hatun Cóndor, los miércoles y sábados por la tarde, pueden vivir de cerca esta experiencia artesanal y adquirir piezas elaboradas completamente a mano. Son tejidos que no solo abrigan, sino que conservan viva la identidad, la memoria y el espíritu de Susudel.










