Las festividades de San Felipe, patrono del cantón, cada 1 de mayo, y la de Las Cruces, el 3 de mayo, forman parte de esa identidad espiritual. Los priostes organizan las celebraciones con profundo compromiso, mientras habitantes y visitantes comparten la fiesta, la memoria y las tradiciones que han dado sentido a la vida de este pueblo andino.
Pero si existe un momento capaz de conmover profundamente, es la Semana Santa. En la Vigilia Pascual, cuando cae la noche y el frío andino envuelve al cantón, la comunidad se reúne frente al templo en medio de la oscuridad. El fuego rompe el silencio y comienza uno de los rituales más emotivos: la luz del cirio pascual se comparte entre los fieles, iluminando los rostros y las velas que avanzan hacia el interior de la Iglesia Matriz, símbolo histórico con más de 90 años de antigüedad.
Poco a poco, la oscuridad desaparece y el interior del templo, de arquitectura colonial, vuelve a llenarse de luz, simbolizando la esperanza, la vida y la renovación espiritual. Las familias llevan recipientes con agua para hacerla bendecir y conservan las velas encendidas que luego guardarán en sus hogares. Estos símbolos acompañan a los fieles en momentos de enfermedad, gratitud, dificultad o esperanza.
El calendario espiritual también se enlaza con las raíces ancestrales del territorio a través del Kapac Raymi, celebrado en diciembre. Esta fiesta conecta la memoria indígena con la identidad local, reflejando su riqueza cultural y espiritual. Vivir todas estas festividades es descubrir una comunidad donde la fe todavía emociona, reúne y fortalece el sentido de pertenencia.










